HATHAYOGA TRADICIONAL, MI YOGA FÁCIL

HATHAYOGA TRADICIONAL, MI YOGA FACIL

viernes, 20 de marzo de 2015

SUTRA Nº 30, LOS 5 YAMAS, AHIMSA (NO VIOLENCIA)


Sutra 35 : Los frutos de Ahimsa
Quiere decir no dañas, ausencia de enemistad, hostilidad y no matar. Ausencia de cualquier intención dañina.
Estar firmemente establecido en Ahimsa hace que la persona se libere de la hostilidad y la violencia y a su vez, influye a otras personas que se les acerque de esta liberación de lo dañino.
AHIMSA- NO VIOLENCIA. (Manual de Yoga Mandir)
La palabra ahimsa está compuesta por la partícula “a”, que signifca
“no”, y el sustantivo “himsá”, que signifca “matar” o “violencia”.
Se trata de algo más que el mandato negativo de “no matar”, ya que
posee un sentido positivo más amplio: el amor y la compasión.
 El yogui cree que matar o destruir una cosa o un ser
es insultar a su Creador. El hombre mata para alimentarse o para
protegerse de algún peligro. No obstante, el mero hecho de que un
hombre sea vegetariano no conlleva que posea un temperamento no
violento o que sea un yogui, si bien una dieta vegetariana se hace
necesaria para la práctica del yoga. Puede haber tiranos sanguinarios
que sean vegetarianos, pues la violencia es un estado de la mente, no
de la dieta. Reside en la mente del hombre y no en el instrumento que
éste porte. Uno puede usar el cuchillo lo mismo para pelar una fruta
que para apuñalar a un enemigo; el mal no está en el instrumento
sino en quien lo usa.
El hombre recurre a la violencia para proteger el propio interés: su
cuerpo, sus seres queridos, sus propiedades o su dignidad
La violencia surge del temor, de la debilidad, la ignorancia o la agitación.
Para frenarla lo más necesario es hallarse libre de miedo. A
fin de obtener dicha liberación se requiere un cambio de perspectiva
vital, una reorientación de la mente. La violencia disminuye necesariamente
cuando el hombre aprende a basar su fe en la realidad y la
investigación en lugar de hacerlo en la ignorancia y la suposición.
El yogui considera que toda criatura tiene tanto derecho a la vida
como él mismo. Cree que ha nacido para ayudar a los demás, y mira
la creación con ojos de amor. Sabe que su vida se halla indisolublemente
ligada a la de los otros, y goza si puede ayudarles a ser felices.
Antepone la felicidad de los demás a la propia, y se convierte en fuente
de alegría para todo aquél que con él convive. Lo mismo que los
padres alientan al niño a dar sus primeros pasos, el yogui alienta a
aquéllos más desafortunados que él y los vuelve aptos para la supervivencia.
Los hombres reclaman justicia cuando se trata de faltas cometidas
por otros; pero si se trata de las propias, solicitan gracia y perdón. El
yogui, por el contrario, considera que sus propias faltas han de ser
juzgadas con equidad, y las del prójimo con clemencia. Sabe y enseña
a los otros cómo vivir  y se esfuerza siempre en perfeccionarse, mostrando
a todos, con su amor y su compasión, cómo mejorar.
El yogui se opone al mal producido por el malhechor, no así al propio
malhechor. Ante una mala acción propugna la penitencia, no el castigo.
La oposición al mal y el amor al malhechor no son incompatibles:
la esposa de un borracho, aun queriéndole mucho, puede oponerse
a su vicio. La oposición sin amor lleva a la violencia; amar al malhechor
sin oponerse al mal es un desatino y conduce al padecimiento.
El yogui sabe que la línea correcta a seguir es amar al malhechor al
tiempo que se combate el mal que hay en él; así la batalla está ganada,
pues la combate con amor. Una madre amorosa pegará alguna vez a
su hijo para curarle de una mala costumbre. De la misma forma, un
verdadero seguidor de ahimsa con su oponente.
Acompañan a ahimsa, ahhaya (ausencia de temor) y akrodha (ausencia
de ira). La ausencia de temor sólo la obtienen quienes llevan una vida
pura. El yogui no teme a nadie y nadie ha de temerle a él, pues se ha
purificado mediante el estudio de Sí-mismo. El temor atenaza al hombre
y lo paraliza. Teme al futuro, a lo desconocido, a lo que no ve; teme
perder su medio de subsistencia, sus posesiones o su reputación.
de su cuerpo, que no es sino una morada temporal para su espíritu. Ve
a todos los seres en el Sí-mismo, y al Sí-mismo en todos los seres, con
lo que pierde todo temor. A pesar de que el cuerpo se halla sujeto a la
enfermedad, la vejez, la decadencia y la muerte, el espíritu permanece
incólume. Para el yogui, la muerte es la salsa que añade gusto a la vida.
Existen dos tipos de ira (krodha): uno degrada la mente, mientras
que el otro lleva al crecimiento espiritual. La raíz del primero reside
en el orgullo, que enoja al hombre cuando es desairado, y le impide
ver las cosas con perspectiva, lo que vuelve el juicio defectuoso. Por
otro lado, el yogui se enoja consigo mismo si su mente se hunde, o
si sus conocimientos y su experiencia no consiguen evitar un desatino.
Es severo consigo mismo cuando se trata de sus propias faltas,
pero se muestra considerado para con las faltas de otros. El espíritu
de consideración es un atributo del yogui, cuyo corazón se enternece
ante todo sufrimiento. La consideración para con los demás y la
firmeza para consigo se dan la mano en él, y ante su presencia toda
hostilidad desaparece.


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