HATHAYOGA TRADICIONAL, MI YOGA FÁCIL

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jueves, 4 de septiembre de 2008

El refugio


Gris plomizo, el cielo crepuscular no daba paso a esperanzas de una noche estrellada y fresca, sino más bien era una amenaza de lo que serían las horas nocturnas en aquella realidad de piedras y cumbres.

Oscurecía en el este tan rápido como los latidos de nuestros corazones, forzados en una difícil carrera por alcanzar lo que sería nuestro refugio, resoplábamos al mismo tiempo que las húmedas ráfagas de viento provenientes del collado y que parecía querer expulsarnos de su territorio, las altas montañas.

Aullaba y silbaba con más fuerza y alce la mirada descubriendo la gama de grises que las nubes son capaces de mostrar, cabalgando a lomos del viento pronto dejarían caer el preciado líquido que aplaca la sed de la tierra, pero, ¿sería una lluvia suave y refrescante?, o ¿torrencial y peligrosa?

Nuestro objetivo no debería estar lejos, después de horas de pesado ascenso sobre piedras resbaladizas y terrenos inclinados cuyos ángulos hacen que el alma se encoja y esa voz interna grite con terrible fuerza y razón diciendo “este no es lugar para los hombres, es la tierra del viento y de los seres que si se han adaptado a las cumbres”.

Pero, ¿qué puedes hacer cuando ya estás allí arriba? Descender, que fútil esfuerzo entonces, llegas a casi conseguir lo que deseas y antes de alcanzarlo abandonas.
Hay coraje y valor, y aunque pueda parecer de necios, debemos alcanzar la meta.

El tiempo apremia, la noche llega sin remedio, las primeras gotas de lluvia hacen acto de presencia; volverse, tomar ahora esa decisión, podría ser un error. Descenderíamos torpemente y a ciegas, arriesgándonos a caer y perdernos en el fondo de algún vertiginoso acantilado. ¿Quién iría a buscarnos entonces?

La inminente lluvia sería la fatal compañía en la loca vuelta, ateridos de frío y a oscuras y si el clima nos obsequia con una demostración de su furia tronadora, estaríamos expuestos en la total intemperie a merced de los rayos capaces de partir peñas.

El refugio no está lejos, es el sentimiento que todos compartimos en silencio. Sin saber como, aceleramos la marcha y sacamos fuerzas de algún lugar desconocido de nuestro interior, hay una recta en el camino que nos da un respiro para que nuestras fatigadas piernas descansen.

Alguien grita, casi no le entiendo, pero me doy cuenta que aquel que va primero señala hacia delante, miro en esa dirección y vulva a gritar, pero en mis oídos sólo oigo el tambor que con ritmo desenfrenado bombea mi sangre para darme fuerza y seguir a delante.

Esfuerzo la vista y me doy cuenta de que entren la espesa y oscura niebla que domina el lado norte del collado, puede verse una instalación. Esbozo una sonrisa y miro a un compañero, su rostro cansado y sudoroso me devuelve la mirada, hay una chispa de luz en sus azules ojos, ¡es el refugio!

Seguimos a delante más animados que nunca, ya no importa la lluvia ni el frío viento ni el cansancio, el refugio está ahí y pronto lo alcanzaremos.
Poco a poco veo su forma, construido con piedras, las mismas que forman esta montaña, de techo abovedado, posee una pequeña ventana y de una esquina sobresale el tiro de una chimenea, vuelvo a sonreír.

Todos parecemos muy animados, e incluso hay alguna charla mofándonos a nosotros mismos por ese angosto ascenso que nos mantuvo en forzado silencio.

Me quedan pocos metros por llegar y que el primero ya lo ha hecho, observo con alivio como abre la mohosa puerta de oscuro metal, pesada y de aspecto feo, pero una puerta que al ser cerrada impedirá que la tormenta sea un desagradable invitado.

Llegamos uno a uno sonrientes y sin saber porqué, como si estuviésemos sincronizados, nos volvemos a observar el paisaje circundante antes de introducirnos en ese pequeño refugio que por aquella noche convertiremos en nuestro hogar, cálido y protector.

Hemos recorrido una gran distancia y ahora nos encontramos en un medio hostil, nos sentimos un poco como aquellos exploradores perdidos en tierras no conquistadas por el Hombre.

La lluvia cae con más fuerza precipitándose sobre las piedras y tierra del camino, borrando nuestras huellas y de pronto una luz cegadora irrumpe seguida de un pavoroso trueno, mi corazón da un vuelco y siento temblar mis piernas, observo que mis compañeros se encogen con aquel rugido. Todos a la vez sentimos el poder del rayo y el trueno y asustados entramos en tropel en el interior del refugio, viendo otra cegadora luminiscencia y oyendo el potente tronar, pero esta vez ya estamos dentro y nada puede dañarnos allí.

El eco del trueno se aleja golpeando las cumbres de las montañas, la tormenta está sobre nosotros.

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